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Patagonia ENE

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Patagonia ENE

Patagonia ENE nació en un contexto complejo. Un largo conflicto sindical se venía desarrollando en Chubut donde el justo reclamo de trabajadores era tergiversado por el poder político a través de sus socios periodísticos. Recientemente, un policía había fallecido en una manifestación. Sus compañeros, policías mal pago que venían cobrando fuera de termino intentaron socorrerlo. También lo intentaron los trabajadores que participaban de la manifestación, enfermeros mal pagos que también cobraban fuera de termino. El policía fue llevado al Hospital de Rawson y fue atendido por profesionales de la salud pública, trabajadores mal pagos que cobraban sus haberes fuera de término y se encargaban de mantener las guardias mínimas para que sus compañeros puedan realizar las medidas de fuerza.

La tragedia fue posteriormente acompañada por el horror de la capitalización política de la muerte: Hombres trajeados y de mucho dinero acusaban de asesinos a los trabajadores que reclamaban por soluciones frente a la injusticia social a la que eran sometidos. Hombres ricos, que dirigen una provincia rica, habitada por gente pobre, levantaban el dedo acusador frente a un selecto grupo de periodistas que responden a los medios hegemónicos provinciales acusando de sediciosos y subversivos a docentes, porteros, cocineros, administrativos, médicos, enfermeros, trabajadores viales y el sin numero de oficios de las personas que trabajan en el Estado.

Patagonia ENE vio la luz por aquellos días. Conformado por un escueto equipo de cuatro personas que no vivíamos (ni vivimos) del periodismo. Personas con habilidades muy distintas. Algunos redactábamos, otros sacaban fotografías, alguno con estudios formales en periodismo y otros con conocimientos de diseño grafico, adquirido de forma autodidacta. Pero todos con un mismo objetivo: tal como lo había planteado Rodolfo Walsh hace más de cuarenta años, estábamos decididos a dar testimonio en tiempos difíciles.

Patagonia ENE y la objetividad.

Patagonia ENE no es un medio objetivo, simplemente porque no existen medios objetivos. La prensa tradicional ha pretendido esconderse detrás del escudo de la objetividad para imponer sus presuntas “verdades” absolutas.  La objetividad se pierde desde la concepción. Desde la elección de las palabras, del orden en el que se publican las cosas, desde el tamaño de la letra o su ubicación en la pagina. La objetividad se pierde al elegir las noticias de mayor relevancia. Se pierde al tomar pauta y pretender convertir la libertad de empresa en la libertad de presa, que no son lo mismo.

Sin embargo los medios tradicionales han logrado pasarse de la raya. Porque una persona puede elegir su medio predilecto, dependiendo de qué línea editorial maneje. Pero eso se va al demonio cuando la prensa simplemente miente. La mentira en la prensa ha sido naturalizada en la sociedad. “La prensa miente” dicen algunos, pero siguen consumiendo los mismos medios a sabiendas de la mentira ¿Para qué consumir prensa que miente? ¿Para qué buscar verdades en una presa que aporta datos falsos? Es como buscar palabras en un diccionario con errores ortográficos.

Por ese motivo Patagonia ENE no es un medio objetivo, decidimos abordar las noticias de Chubut desde una óptica distinta. No somos indiferentes de la realidad, nos interesa. Y mantenemos una línea editorial clara que muchas veces cuenta lo que otros medios no cuentan. No tenemos miedo en decir que este medio elige ponerse del lado de la gente. Tal vez no encuentren todas las noticias sobre las últimas declaraciones del gobernador o la última ruta inaugurada por el presidente. Esas noticias ya abundan en la prensa que cobran pauta. Nosotros elegimos informar lo que ellos no informan. Elegimos poner a disposición de la gente aquellas noticias sobre los hechos que afectan las realidades cotidianas. Patagonia ENE no miente, ni siquiera en esta nota donde de manera descarnada elegimos decir lo que hacemos, desde las tripas.

Los medios digitales, las redes sociales y el rol de Patagonia ENE en la era informática.

En los años ochenta, el inicio de siglo era imaginado con autos voladores, ropa estrafalaria y robots que estarían al servicio de la gente. La realidad fue muy distinta, puesto que la revolución se dio en la forma de comunicar. Las redes sociales y los portales de noticias rompieron con las viejas modalidades en las que solo se podía informar mediante diarios, radio o televisión. Esto ponía la capacidad de informar en manos de un selecto grupo que eran aquellos que disponían de los recursos suficientes para poner una antena, comprar cámaras o editar en prensa escrita. Los nuevos veraces, aquellos que en la antigua Grecia eran los dueños de lo bueno, lo bello y la verdad, hoy se reeditan en los ricos y poderosos con capacidad suficiente de injerir en la subjetividad de las personas. Sin embargo, la nueva era trajo una infinidad de nuevas herramientas de comunicación, que requieren nuevas estrategias  y expone a la prensa tradicional en sus mentiras. Y la gente les está pasando la factura.

Hace poco leía una frase en la página web de una radio de Puerto Madryn que decía, parafraseando a Umberto Eco, que “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. El desprecio expresado hacia la gente común contando su realidad da cuenta de cómo la prensa tradicional se enfurece al perder sus privilegios y como sus verdades, ahora son contrastadas rápidamente con la realidad y están sujetas a la fiscalización del vecino. Casualmente ese mismo medio había recibido escraches en las paredes, acusándolos de “mentirosos”. Tampoco era la primera vez.

La prensa tradicional parece estar padeciendo las etapas del duelo que tan bien describe el famoso modelo Kübler-Ross : Luego de negar y ningunear los nuevos paradigmas de la información, ahora se enfurecen frente a una realidad que no pueden detener. La realidad de que la radio, la televisión y los diarios como medios masivos están condenados a ser piezas de museo frente a las nuevas modalidades de comunicación que llegaron para quedarse. Se terminaron los privilegios.